Javier Rizzo
Nuestra impresión en la sala de
cine fue contundente al ver cómo trabajaba la mente de aquél pintor. En sus
trazos me di cuenta de que un pintor no funciona como un escritor.
El escritor sigue patrones lineales; en su cabeza obedece al principio de una historia, después continúa con el clímax y luego el desenlace.
El escritor sigue patrones lineales; en su cabeza obedece al principio de una historia, después continúa con el clímax y luego el desenlace.
La mente de un pintor trabaja
distinto, al menos la cabeza de este pintor de quien todos en silencio seguíamos
sus trazos. Lo que parecía incongruencia en un principio, comenzó a revelarse
en arte.
“Esto es increíble”, dijo alguien
desde la butaca de atrás cuando vio a Picasso trazar el rostro de una mujer
recostada, después trazar a un hombre sentado en una silla, mientras retrata a la
mujer, de inmediato y, por alguna causa inexplicable, Picasso regresó la
atención a los brazos de la mujer, después a pequeños detalles en la barba y
los anteojos del hombre, y así sucesivamente, hasta que todo ese caos fue
tomando orden.

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