by
Marvin Romero
1
Soy escritor de novelas realistas. Tengo siete obras publicadas. Mi trabajo es escribir, publicar, acudir a las firmas de mis libros y largarme a beber cocteles a cualquier bar. En una ocasión, iba de camino a un salón de eventos para presentar el libro de un colega. Las cosas cambiaron repentinamente cuando me marcó al celular.
—Raki, por qué tardas tanto. La presentación comienza en unos minutos.
—Lo siento. Los planes cambiaron.
Él siempre dijo que los escritores no están hechos para meter sus narices en la política. Estuve de acuerdo en que tal cosa era una mierda.
—¿Entonces qué jodidos haces como chofer del que va a ser presidente de Estados Unidos? —dijo enfadado en el teléfono.
—Bueno, hermano, créeme que todo fue una coincidencia —le respondí.
Me encontraba en una sala de conferencias en donde el candidato Donald Trump iba a ser entrevistado. Aproveché para salir a una terraza a tomar aire. Los nervios me comían el estómago. Un coctel cargado de vodka podría tranquilizarme. Un agente de seguridad me siguió. Saqué mi celular y con señas le dije que necesitaba hacer una llamada. Revisó el teléfono y me dio permiso. Fue cuando aproveché para marcarle a mi colega y darle la noticia. Tuve ganas de marcarle a mi ex-novia. Escuchar su voz no me vendría mal, pero habíamos terminado nuestra relación por sus exigencias. Insistía en que me buscara un verdadero trabajo en lugar de escribir novelas que después nadie recordará. Volví a responderle:
—Lo siento, cariño, pero la escritura es lo único que me sale bien.
—Bien. No se diga más —dijo, y al día siguiente recogió sus cosas y se largó del departamento.
Mi colega repitió que me dejara de bromas. Que la presentación comenzaría en pocos minutos.
—Para eso te marco. No podré presentar tu libro.
—¿Qué dices? ¿Me quieres joder?
—Estoy metido en esto. No puedo decirles que me voy, así como así.
—Vete a la mierda ¿oíste? Vete a la mierda con tus pretextos.
Todo empezó cuando me encontraba a medio camino de la presentación de su libro y se me cerraron cinco camionetas negras, polarizadas. Mi coche era un Grand Marquis con el motor en perfectas condiciones, pero con la carrocería y las vestiduras arruinadas por el tiempo. No sirvió de nada tocar el claxon. Un hombre alto y robusto se bajó de la última camioneta de la caravana, sosteniéndose el brazo izquierdo. Tenía pinta de gringo. Me fue imposible echarme de reversa por el embotellamiento que se acababa de formar en la avenida. De las dos camionetas de adelante se bajaron tres hombres fortachones para ayudar al chofer que se desvanecía. Lo cargaron y lo subieron a la camioneta que venía al frente de la fila. De pronto, otro hombre trajeado me señaló, pidiéndome que me bajara del coche y me subiera a la camioneta que acababa de quedar sin chofer. Apenas le entendí. Hablaba rápido. Yo sólo quería continuar mi camino, pero el hombre se acercó a la ventanilla y me repitió en un español claro:
—Necesitamos de sus servicios.
—Creo que te equivocas. Soy escritor. Voy a una presentación. Por eso vengo de traje.
El hombre se quitó las gafas y metió su cabeza al interior del coche.
—Aquí huele a cigarro y alcohol. Puedo hacer que lo metan a usted a la cárcel.
La noche anterior había ido a una fiesta con unos amigos. Les ofrecí dejarlos en sus casas y durante el camino compraron algunas cervezas. Yo me había preparado una Margarita en un termo. Un coctel en el camino siempre era bueno para mantenerse despierto. Lo del cigarro era evidente porque unas horas antes había estado en un café, leyendo una novela triste, con un cigarro tras otro en mi boca.
— De acuerdo, ¿qué tengo que hacer? —le dije al hombre.
—Sólo debe conducir esta camioneta. Nos seguirá y después regresará aquí por su coche.
—No puedo dejar mi coche aquí. Tienes a muchos hombres para suplir a tu compañero.
El gringo me miró sin parpadear. Sus ojos parecían dos malditos glaciares. Apagué el motor y salí del coche.
2
Subí a la camioneta. Los asientos eran de piel. Todo en el interior olía a nuevo a diferencia de mi Grand Marquis. Por el retrovisor le eché un último vistazo. Seguramente una grúa se lo llevaría y tendría que pagar una multa descomunal. Volteé al asiento de la camioneta para saber si venía solo o tenía compañía. Vi una ventana polarizada incrustada a la mitad. Pensé en lo que podía haber del otro lado. Cuando arrancaron las camionetas de adelante los seguí. Tenía ganas de entrar al primer bar y beberme un Sex on the beach. Había sido la bebida que probé por primera vez en casa de mis padres, durante una reunión con amigos suyos.
—Are you there? —dijo una voz que surgió de un radio que estaba en el asiento del copiloto.
Mi inglés era una mierda. Preferí no tocar el radio para no responder.
—Hey, Rony —salió otra voz a mis espaldas.
La ventanilla polarizada comenzó a bajarse. Vi a dos hombres trajeados. Uno calvo y sin el saco. El otro era Donald Trump, vestía traje azul y cabello tirado hacia adelante. “Me metí en la mierda”, pensé.
—Hey, you. Turn left.
—No english —respondí.
—Vaya. Lo hubieras dicho —contestó en un perfecto español—. En la próxima cuadra gira a la izquierda. Debemos separarnos de los demás.
—Lo siento, pero no recibí esa indicación —dije, mirando al hombre por el retrovisor.
—No me importa lo que te hayan dicho. Vienes en un auto con el futuro presidente, y si el futuro presidente ha pedido que des vuelta a la izquierda, lo mejor es que vayas haciendo caso.
Acomodé el retrovisor. Donald Trump miraba la pantalla de su celular. Tenía la piel anaranjada. Parecía recién salido de un baño de bronceado. Por inercia pisé el acelerador. La camioneta tenía un motor explosivo.
—Ey, tranquilo. No te dije que corrieras —dijo el calvo.
Bajé la velocidad.
—¿Puedo saber qué está ocurriendo? ¿Nos persigue alguien?
—Es rutina. Así es como debe ser. No preguntes. Sólo conduce y todo irá bien.
Hice caso. Llegamos a la torre mayor. Era un edificio de cincuenta y cinco pisos. Dos policías miraron dentro de las camionetas. Después pasaron espejos debajo de las camionetas. Había visto eso en las películas. Cuando terminaron nos hicieron señas para que avanzáramos. Estacioné la camioneta y me bajé. Antes de preguntarme qué era lo que seguía apareció de nuevo el gringo. Se acercó y me dijo:
—Lo has hecho bien.
Donald Trump bajó y fue escoltado por dos hombres que lo condujeron hacia una puerta metálica. Antes de despedirme del gringo con ojos de témpano, escuché una voz saliendo del radio que cargaba en su mano derecha.
—Abort the mission. Abort.
—Esto no es bueno —dije.
Los hombres se subieron de nuevo a las camionetas. El gringo me tronó los dedos.
—Sigue al señor Trump —ordenó.
Avancé hacia una puerta metálica corrediza. La abrí. Era un elevador. Los números rojos me indicaron que Donald había subido al piso treinta. Cuando las puertas se abrieron me encontré frente a una sala elegante. Tenía un piso hundido en la parte del centro, había sillones negros de piel, lámparas exóticas, un pequeño bar junto a un alargado ventanal.
—Close the door —me dijo el guardaespaldas.
Aseguré la puerta de doble hoja.
—¡Ahora resulta que soy un guardaespaldas! —exclamé.
En el bar había vasos de cristal cortado junto a botellas de coñac y whisky. Donald estaba sirviéndose un trago de una botella con forma de lámpara de Aladino. Hablaba por celular. Los dos guardaespaldas rondaban la sala para asegurarse de que no hubiera nadie.
—¿Ahora qué sigue?
—Shut up —dijo uno de ellos.
Sonaba a locura escucharlos decir frases como en las películas de acción. Me sentía en un filme de Mel Gibson y Danny Glover.
A los pocos minutos tocaron a la puerta. No supe si preguntar en español o en inglés. Lo hice en español.
—¿Quién es?
Los dos guardaespaldas de Trump sacaron sus armas y se pusieron delante de él para protegerlo.
—¿Chofer? Ábrame —dijo una voz al otro lado de la puerta.
Reconocí la voz del gringo ojiazul. Abrí. En su calva noté gotas de sudor. Le extendí la mano, pero el me hizo a un lado y dijo algunas palabras en un inglés incomprensible.
—I´m fine, i´m fine —dijo Trump.
—¿Qué mierda ocurre? No entiendo nada —dije.
—Nos informaron de un percance con el reportero que entrevistaría al señor Trump.
Me comenzaba a fastidiar que los problemas no parecieran tener fin.
3
Le pregunté al ojiazul por su nombre.
—Sólo soy Rust.
—Oye Rust, debes decirme qué está pasando. Primero me secuestran con unas camionetas costosas, fingiendo que a su chofer le pegó un infarto y luego me usan como guardaespaldas.
—Se iba a realizar una reunión en el Palacio Nacional con su presidente y el señor Trump. Se suspendió cuando nos avisaron que el presidente no llegó debido a una balacera entre carteles cerca del aeropuerto.
—Bueno, eso pasa aquí todos los días. El presidente podría tomarse cualquier avión y listo. A eso le llamo informalidad.
—¿Estás juzgando a tu presidente?
Me quedé callado. De nuevo, aparecieron los ojos perturbadores de Rust.
—Sólo tengo ganas de ir a esa mesa y servirme un vaso de whisky con una rodaja de limón.
—Lo tomarás después. Ahora concéntrate. Mucha gente quedó esperando. “Los acuerdos con México para después”, nos dijo un informante y esa fue la señal para no pisar el Palacio Nacional y salir a este lugar.
—¿Y qué tiene de importante este lugar?
—Es una sala de reuniones de su presidente.
No era tan malo; estaba en la sala de reuniones del presidente de mi país y podía ir a esa mesa para beberme su whisky y su coñac. Tal vez entraría por esa puerta en cualquier momento y le podría dar un par de palmadas en el hombro.
—Escucha —me dijo Rust—. Concéntrate. Nos están avisando que detuvieron al reportero que haría la entrevista. Ahora mismo tendrás tú que entrevistar al señor Trump.
—No sé hablar inglés.
—Él habla bien el español. Lo entrevistas, le haces unas preguntas que te daremos y después puedes irte.
—¿Y si me niego?
— Money. Te pagaremos muy bien —respondió frotando los dedos de la mano.
Acepté. ¿Con qué pretexto les diría que no? Además no me venía mal recibir un buen dinero. Podría darme un año sabático. Viajaría a Venecia.
—Necesitamos ajustar cuentas con los mexicanos —dijo una voz que provino del fondo del salón.
Donald Trump estaba sentado en un sillón de piel alargado. Los dos guardaespaldas y yo miramos cuando se acomodó el mechón del copete. Agarró el vaso de coñac para darle un trago. Rust había ido al baño. Cuando regresó hablaba por celular. Dijo:
—De acuerdo. Estamos en el piso treinta. La contraseña la saben.
—Los mexicanos como tú deben pagar sus deudas —dijo Trump.
—Al diablo con el dinero —contesté.
—¿A qué te dedicas, Mexicano?
—Escribo novelas, pero sus hombres creen…
—Escritor. Me río de los escritores mexicanos. Sólo valen la pena Fuentes, Poniatowska y Paz. ¿Sabes por qué? Porque ellos eran políticos. Su escritura era la gran fachada.
—La política y la mierda están hechas de la misma sustancia —dije.
—¿Qué acabas de decir, mexicano?
La puerta se abrió de golpe. Entraron tres hombres con equipos de video, pantallas y tripiés. Rust les dijo que escogieran un lugar del salón para acomodarse y empezar a grabar. Tardaron veinte minutos. Donald Trump seguía discutiendo por celular. Rust le hizo señas para que se preparara. Después entró una mujer con tacones, jalando una maleta de viaje.
—¿Ella quién es? —le pregunté a Rust.
—La maquillista.
La mujer abrió la maleta. Había decenas de cosméticos, brochas, botes con líquidos de todos colores. Comenzó a maquillarme. Hablaba en inglés. Entendía poco. Luego se pasó con Trump. El candidato le hacía bromas y ella se reía. Cuando terminó de maquillarlo, Donald le dio un fajo de billetes verdes. La maquillista respondió con un Oh my god, y desapareció por la puerta.
El equipo técnico colocó dos sillas. A nuestras espaldas estaba el ventanal. Podía verse parte del cielo y la ciudad. Trump y yo nos sentamos. Rust me dio la hoja de las preguntas. De todas formas me pusieron un chícharo en el oído para escuchar todo lo que debía decirle a Donald. Luego me dieron una camisa y un saco. Sólo usaba saco y corbata en las presentaciones de mis libros. Las cámaras apuntaron a mi cara y luego a la de Trump. Él estaba desesperado por comenzar. Cuando los hombres de la filmación iniciaron el conteo escuchamos golpes en la puerta. Uno de los guardaespaldas se acercó preguntando: Who is it? El otro guardaespaldas se quedó a medio camino de la sala, cerca de Trump. De pronto vino una explosión. Algunos vidrios reventaron como en una maldita película. Me escondí detrás de la barra junto con Trump.
—Los Narcos —gritó.
—Los musulmanes —grité.
En una ocasión, un amigo y yo mirábamos las noticias. La conductora hablaba de un ataque terrorista. Era guapa. Hubiera querido estar con ella en lugar de estar bebiendo con mi amigo. La conductora explicó que los musulmanes no siempre se relacionaban con los terroristas. Habló del Corán y las religiones. Luego apagué la tele.
Llegó un guardaespaldas y tomó a Trump del brazo. Se escuchaban disparos. Rust se acercó a la puerta sin dejar de disparar a lo que estuviera detrás del humo. El guardaespaldas avanzó con Trump por una puerta secreta ubicada del lado lateral de la sala. Los seguí. Antes de cerrar la puerta escuché a Rust gritar de dolor. Después hubo otra explosión y no supe más nada.
4
Desperté aturdido y con un fuerte dolor de oídos. Me di cuenta de que estaba en un espacio de oficinas. No supe cómo, pero había logrado refugiarme dentro de un cubículo y meterme debajo de un escritorio. Saqué el celular. No había señal. Me dieron ganas de hablar con mi prima Joanna. Desde hacía cinco años estaba enamorado de ella. Pero un día mis tíos se dieron cuenta de que ella sentía algo por mí y le prohibieron verme. Escuchar su voz me curaría más que cualquier coctel. Corrí a la entrada para encender las luces. No había energía en el edificio. “Los terroristas la cortaron”, pensé. Busqué el interruptor. La única luz que había era la que entraba por los ventanales. Eran las seis de la tarde. Poco a poco comencé a escuchar voces. Eran Trump y el guardaespaldas, escondidos en el cubículo de enfrente.
—Where is Rust? —me preguntó Trump.
—No lo sé —respondí —sólo escuché la detonación.
—¿Tú eres el mexicano? —preguntó.
—Lo soy.
—Tú eres el de la mala suerte. Bad Luck, you hear me?
Apunté a su cabello y le dije:
—Oye, te tomaré en serio si te arreglas esas greñas.
Se acomodó el copete y contestó:
—¿En dónde está tu celular? Your phone.
Lo saqué y se lo mostré. Trump se acomodó la corbata y me dio una orden:
—Graba lo que te voy a decir.
—It´s not good timing, Sir. —le reclamó el guardaespaldas.
—Shut up, okey?
El radio del guardaespaldas sólo producía estática. Afuera se escucharon las hélices de un helicóptero que sobrevolaba alrededor del edificio. El guardaespaldas se asomó por la ventana. Seguramente esto se pondría peor y Donald estaba a punto de dejar un último mensaje a su nación. Activé la grabadora de voz.
—México representa una pérdida masiva para nosotros. Tenemos millones de dólares de déficit comercial con los mexicanos.
Detuve la grabación.
—Usted no puede decir eso. Probablemente hoy es su ultimo día. ¿De verdad quiere reclamarnos por deudas?
—No sólo son deudas. Las drogas se están filtrando por las fronteras. Acabo de hacer campaña en tres estados y las gané. Muchas empresas de esos estados se fueron a tu país. Se fueron con los empleos y todo.
—Se le llama “negocios”.
—Nuestra gente está sin trabajo. Tengo un amigo que construye plantas. Es lo que hace. Plantas de automóviles y de computadoras. No le interesa construir departamentos u oficinas, ¿me entiendes? Un día lo saludé: “¿Cómo estás?” Me contestó: “Bien. Deberías ver lo que estoy haciendo en México. El negocio allá es increíble. La gente se muda desde Estados Unidos y construye plantas”. Eso dijo, ¿comprendes, mexicano? Por eso haremos mejores acuerdos comerciales. Nos vamos a llevar muy bien con ustedes. Tendremos una relación justa.
El helicóptero aterrizó en la azotea. Se llevaría a Donald. Su guardaespaldas lo tomó del brazo para levantarlo. Entraron al elevador. Antes de que las puertas se cerraran Donald y yo cruzamos unas últimas palabras.
—Me largo, mexicano. No se te ocurra saltar nuestro muro, ¿comprendes?
—Oye gringo anciano, vas a perder las elecciones —dije y levanté el dedo medio.
Las puertas se cerraron. Escuché las voces de unos hombres hablando en un idioma que desconocía. Provenían del pasillo. Me dieron ganas de escribir; de hablar con Joanna y salirme a escribir al café de la avenida principal del departamento en donde vivía. Subí por las escaleras antes de que me encontraran. Cuando abrí la puerta de la azotea, el guardaespaldas me dio un cachazo con la pistola.
—Imbécil, soy yo —grité de dolor.
—Sorry, dude —dijo el guardaespaldas, tratando de levantarme.
—Los terroristas están subiendo —dije.
El guardaespaldas aseguró la puerta con una varilla de metal. De nuevo estábamos Donald y yo frente a frente. El viento de las hélices levantaba su copete. Era más calvo de lo que imaginé.
—Oh, mexicano, de nuevo tú —dijo—. Me sé un dicho popular de ustedes: Mala yerba muere nunca, ha, ha, ha!
En cierta ocasión yo había escuchado un dicho norteamericano. Algunos años atrás, había viajado con Joanna y mis tíos a Estados Unidos. Un día desayunamos en un restaurante sobre la carretera. Dos gringos conversaban en la mesa de al lado. El de mayor edad dijo: “Don´t count your chickens before they hatch”. Mi tío me tradujo la frase: “No cantes victoria antes de tiempo”. Era la respuesta correcta para Trump.
—Don´t count your chickens —le grité.
El helicóptero había descendido.
—What did you say mother fucker? —dijo Donald.
Me aclaré la garganta y volví a gritar:
—Don´t count your chickens, asshole!
Donald volvió a negar con la cabeza. Definitivamente no me escuchaba. “Helicóptero de mierda”, pensé. Alguna vez me puse a mirar entrevistas que le habían hecho a Trump en los años ochentas. Era joven. Su cabello no lucía falso. Ahora estaba viejo y sordo. El guardaespaldas lo jaloneó para que subiera. El helicóptero se elevó por los cielos.
5
Los hombres armados llegaron a la azotea. Pude notar que eran muy blancos para ser de oriente medio. Levanté las manos. En ese momento quise pasarme un Tequila Sunrise por la garganta. Sería perfecto para que me endulzara la tarde amarga.
—No tengo nada que ver con Donald Trump. Sólo soy escritor —les dije.
Uno de los hombres se acercó a mí. Se quitó el turbante de la cabeza y respondió:
—No somos musulmanes, ni tampoco terroristas.
Otro hombre bajó su arma y se acercó amenazante.
—¿Qué fue lo último que te dijo?
—¿Qué? ¿De quién hablas?
—Del hombre que va arriba de ese helicóptero; Trump, ¿Qué fue lo que te dijo?
—No recuerdo. Algo sobre no cruzar la frontera.
Un tercer hombre se me acercó por la espalda y me explicó:
—Esto es una misión encubierta. Necesitamos que nos digas qué fue lo último que dijo.
—No lo sé. Habló de unas empresas, aquí en México.
—¿Empresas de qué?
—Dijo algo sobre coches y computadoras.
—¿Puedes declararlo en una corte?
—No me interesa. Soy escritor. Soy de los que se sientan en el rincón de un café y escribe historias. No tengo tiempo para juicios o cosas por el estilo.
—Te pagaremos con dinero.
Me agradó que se volviera a tocar el tema del dinero. Me detuve a pensarlo. No había cambiado de destino; viajaría a Venecia. Invitaría a Joanna para mostrarle toda la arquitectura veneciana. Cenaríamos en un restaurante junto a un canal.
—No entiendo qué está pasando. Quieren que los ayude a declarar, pero hace unos minutos me estaban disparando.
—Son de salva —dijo el primer hombre extendiéndome una pistola—. Necesitábamos una pista en la declaración del señor Trump. Si las empresas que mencionas existen, vamos por buen camino. Son la clave. Estaríamos hablando de malversación de fondos, clandestinidad, inflación de precios para cubrir actividades ilegales.
—Se le puede acusar. Perderá miles de votos —dijo el segundo hombre.
—Su candidatura se sostendría de un hilo —agregó el tercer hombre detrás de mí.
Los gringos hablaban por aquí y por allá. Parecían un coro de Kens asesinos. Todos hablaban perfecto español. De pronto vi a un cuarto hombre acercarse a nosotros. Sus ojos eran azules.
—¡Ey, Rust, estás vivo! —exclamé.
—Todo fue planeado, amigo. Necesitábamos presionarlo. Donald es un hombre que habla de más cuando está tenso y cuando sus planes cambian.
—Entonces me usaron.
—Fuiste un mediador.
—Me secuestraron, seguramente mi coche está en el corralón, tuve que aguantar las burlas de su próximo presidente y una explosión me dejó privado. ¿Eso es lo que hacen sus mediadores?
—Así tuvo que ser. Debíamos crear un escenario, una falsa entrevista, un falso entrevistador, un oyente para ser más exactos. Ahí entraste tú.
—Aceptaré declarar si primero recibo mi compensación. No puedo seguir trabajando gratis.
Rust marcó a su celular. Habló con su contador.
—Mr. Yellow te abrirá una cuenta en donde se te depositará.
—Entonces que el “señor amarillo” se apure, porque después de esto me largo y no sabrán más de mí.
—Sólo una cosa más —dijo.
Esta última frase me pegó como una pelota de béisbol en la cabeza. No tenía ganas de hacerles más favores. Sabía que Rust me pediría algo desagradable. Lo pude ver más allá del color azul de sus ojos. Me había dado gusto que estuviera de regreso, parecía ser mi único aliado, pero al mismo tiempo su presencia significaba compromiso. Me sentía parte del cuerpo de seguridad de la CIA. Mentalmente planeé el calendario para mi nueva novela. Sería novela corta, me pondría seis meses de plazo para escribirla, trataría de un escritor con crisis emocional que visita Venecia y se enamora de una veneciana casada con el alcalde, le pondría un título corto, tal vez el nombre de la protagonista, se la dedicaría a Joanna.
—Necesito que de nuevo sigas los pasos del señor Trump —dijo Rust—. Conocerás a alguien muy cercano a él.
6
Me sentía un espía encubierto, como en las malditas películas de Matt Damon, quizás menos ejercitado. Pero ahí estaba, en una camioneta de lujo, de camino a una reunión de gala en el World Trade Center.
Antes pasamos a una boutique.
—¿Qué demonios hago aquí? —le pregunté a Rust.
—Debemos hacerte cambios. Habrá gente importante.
—Lo sé y tendré que hablar de política.
—Para nada. Esta vez serás tú mismo.
—Eso suena a mierda de superación personal.
—Te presentarás como el escritor que eres. Y como tal, debes conversar con Ivanka Trump.
—¿Y qué diablos le voy a decir? ¿Que su padre tiene la cara rosada?
—Sólo deben verte platicando con ella. Háblale sobre su carrera como modelo. No preguntes sobre las políticas de su padre. Eso la alejará y es necesario que te vean con ella.
—¿Quiénes van a verme?
—Eso es secreto. Cosas de política.
Entramos a la boutique. Una mujer anoréxica me atendió. Me ofreció una decena de trajes incómodos y apretados. Detestaba las corbatas. En las presentaciones de libros terminaba arrancándome las corbatas de mis trajes. Esta vez no era opcional. Me pagarían mejor que cualquier editor. Debía hacer un de esfuerzo.
Llegamos al World Trade Center. Unos policías me registraron en una amplia antesala. Las cámaras de seguridad parecían apuntarme directamente.
—Para qué tanta seguridad por un escritor —les dije a los polis.
Donald estaba en un rincón, rodeado de reporteros. Avancé hacia una mesa con copas llenas de champaña. Tomé una copa y me la bebí de un trago. Luego una segunda copa. Ivanka apareció acompañada de dos guardaespaldas y una mujer mayor. Supuse que era su madre. Los reporteros se acercaron a ella. Sus ademanes eran elegantes. Tenía buen trasero. Cuando terminó de dar entrevistas un mesero le ofreció una copa de champaña. Me acerqué por la espalda. La etiqueta de su vestido estaba de fuera. Todas las mujeres que conocía tenían salida la etiqueta de su ropa. Logré acomodársela. Ivanka se dio la vuelta.
—Sorry, and you are?
—Raki Formale —respondí —. Soy un buen amigo de tu padre.
—No había escuchado de ti.
—Bueno, soy escritor. Los escritores estamos acostumbrados a pasar desapercibidos.
—¿Escritor? Cuando mi padre gane las elecciones voy a escribir sobre mi vida, desde mi infancia, mi carrera como modelo, hasta el día de hoy. Tú podrías ser mi escritor fantasma, como los que contrata mi padre para sus libros.
Ivanka me extendió su tarjeta de presentación. Hablaba español. Los Trump detestaban a los mexicanos, pero hablaban español. Quizás era un recurso para sus estrategias de manipulación. Ivanka era hermosa. Su perfume olía a vainilla y jazmín. Sus pómulos rosados eran el resultado de un rubor de marca. En el filo de su copa de champaña no había una sola mancha de labial. Joanna me había dicho que así podía reconocerse un buen maquillaje. De vez en cuando, me gustaba acompañarla a la tienda de cosméticos. En cierto momento quiso ser modelo, pero mis tíos se lo prohibieron. Le dijeron que se volvería anoréxica y que la violarían.
Rust me había orientado con algunos datos sobre la vida de la hija de Trump.
—Tú vida me parece interesante —le dije a Ivanka—. Ya sabes, desde que comenzaste en las pasarelas de Versace y Thierry Mugler. O cuando fuiste parte de las campañas de Tommy Hilfiger y Elle México. Y quién lo diría, ahora tienes una fortuna valorada en cuatro mil millones de euros, vendes joyas y con tu belleza puedes cerrar cualquier trato.
—Veo que te has informado bien.
—En México también te conocemos.
Le di un trago a la champaña; hubiera sido mejor tener en las manos un Hemingway Daiquirí.
—Oh, claro, México es hermoso —dijo Ivanka.
—Es evidente que tu padre nos vomita.
—Excuse me? What did you say?
—Nada. Tú padre hace bien en tenerte como su mano derecha.
—Así es. En unos días voy a dar mi primer discurso. Mi padre no dudó en nombrarme. El pueblo lo ama. Ha obtenido más votos que nadie en la historia del partido republicano. Más de catorce millones de votos, ¿puedes creer? La semana pasada estuvimos en una convención y vi el amor que le tenía la gente. De regreso a casa le dije: “Papá, jamás había visto eso… es amor total”.
—Ah, el amor. Lo ha dicho Robert Browning: “Enamórate un sólo día y el mundo habrá cambiado”.
—Qué bien, Raki. Reconozco que mi padre tiene amigo interesantes.
Rust pasó detrás de Ivanka y me hizo una seña. Era la señal de retirada. Dos tipas perfumadas y con vestidos pegados se acercaron a la hija de Donald. Eran hermosas. Me pareció el momento perfecto para ignorar a Rust y sacar al escritor romántico. Les hablé de mi última novela; una novela de amor imposible entre una empresaria y un escritor, con una sorpresa al final. El amor era el centro de todo. Las tenía fascinadas. Me comían con los ojos. El mesero pasaba ofreciendo copas de champaña. Yo las tomaba por inercia, hasta que perdí la cuenta. Luego sonó mi celular. Les dije a las señoritas que me permitieran. Era Joanna.
7
—¿Por qué me marcas?
—No lo sé. Me siento sola.
—Cada vez que terminas una relación me buscas. Soy tu…
—No hay que pelar esta vez, ¿de acuerdo? Te extraño y quiero que vengas.
Busqué al mesero para beberme otra copa. Ivanka y sus amigas conversaban. Lo mejor era colgar y seguir hablándoles de mis novelas. No tendría otra oportunidad como esa.
—¿Hola? Raki, ¿sigues ahí?
—Escucha, debo colgar. Me dio gusto saber de ti.
—¿Cuando vienes a verme? Haremos lo que tu quieras; podemos ir a tomar un café o ir a bailar.
—Quiero hacer algo, pero tú puedes hacerlo por mí. Se llevaron mi coche. Seguramente es una buena multa. No estaría mal que lo sacaras y te repondré el dinero.
—Has cambiado.
—No exageres. Todos tomamos decisiones que nos hacen cambiar.
Cuando colgué, Ivanka y sus amigas se habían ido. Rust estaba junto a la entrada principal. Yo estaba por vomitar la champaña. Cuando caminé hacia Rust me tropecé con un mesero. Las copas se desparramaron y media copa terminó en el saco de un colega de Trump. No le entendí, pero creo que me insultó con elegancia.
—Vámonos de aquí —dijo Rust jalándome del brazo.
—Oye, tú me dijiste que estuviera con la hija de tu próximo presidente.
—También tenías que acatar las órdenes tal y como se te dijo. Casi nos descubren.
Nos subimos a una camioneta negra. Reconocí el tablero; era la misma que había manejado con Trump en el asiento de atrás.
—¿Ahora qué sigue? —pregunté.
—Es todo.
—¿Es todo? ¿No hay más? Comenzaba a gustarme. ¿Puedes creer que seré el escritor fantasma de Ivanka Trump?
—Mr. Yellow te ha depositado una cantidad generosa en una cuenta. Puedes regresar por tu coche y marcharte. No nos volverás a ver.
—Ey, espera. Me gustaría que ahora tú me hicieras un favor.
—Mi tiempo está contado.
—Sólo quiero que me dejes en una dirección. Ya sabes, una chica.
Rust miró su reloj. Era un Rolex. Mi padre había tenido un Rolex toda su vida. Por primera, vez Rust dejó escapar una sonrisa. Dijo que sólo porque se trataba de una chica. En el camino me contó de un amor y de cómo lo tuvo que abandonar cuando comenzó a trabajar como guardaespaldas para diferentes políticos. Luego como agente encubierto.
Eran las once de la noche. Llegamos a casa de Joanna. Reconocí mi Grand Marquis estacionado frente al portón. Las luces de la casa estaban apagadas. No me importó si era tarde para visitarla.
—Ey, fue interesante conocerte. Lo hiciste bien —dijo Rust.
—Algún día nos volveremos a ver. Tal vez te invite a la presentación mi próximo libro.
La camioneta arrancó. La calle estaba en completo silencio. Toqué el timbre. Una voz por el interfón preguntó “Quién es”.
—Soy Raki.
Pensé que debía escribir sobre el amor entre mi prima y yo. Se abrió la puerta. Joanna estaba en pijama. Sus ojos se iluminaron. Me abrazó. Olía a una mujer que se acaba de levantar y no ha perdido el aroma de su perfume.
—Viniste. Es la mejor sorpresa que he recibido hoy. Te extrañaba.
Entramos a la casa.
—En esa mesa están las llaves de tu coche. Por cierto, me debes seiscientos pesos.
Le dejé el dinero sobre la misma mesa. Subimos a su habitación. Encajaba perfecta con sus veinte años. Muñecos de peluche y fotos de ella y sus amigas pegadas en el espejo. Joanna se recostó en su cama, entre muchas almohadas. Comenzó a hablar de todo un poco. Luego vino el tema de su ex-novio. Podía platicar de él durante toda la madrugada. La interrumpí antes de que agarrara ritmo.
—Escucha, Joanna, gané un buen dinero y quiero hacer algo con él.
—Ya sé, me lo vas a dar todo —dijo, coqueteando con la mirada.
—En cierta forma.
—Entonces la escritura sí deja dinero. No lo creía.
—No fue por la escritura. Con ella apenas puedo sobrevivir. Fue por un favor que hice.
—Mientras no te metas en cosas de narcos todo está perfecto.
Me senté en la orilla de su cama. Pensé que sólo me faltaba un Vodka Tonic en la mano.
—Tengo mucho dinero para viajar y no se me antoja hacerlo solo. Quiero que viajes conmigo. Ya sabes, Europa o algo así.
—Por Dios, sabes que me encantaría —dijo apretándome el cachete—. Pero no puedo dejar la escuela. Además, mis papás jamás nos dejarían a ti y a mí solos. Ya lo sabes.
—Se acercan las vacaciones. Deberías pensarlo. Te regalaría lo que quisieras.
—No puedo dejarlo a él… me refiero a…
—Oye, acabas de decirme por teléfono que me extrañabas.
Joanna se recargó en la cabecera de la cama y abrazó una almohada.
—Así es. Siempre que alguien me lastima te necesito. Haces que todo se vuelva distinto.
Me levanté y me largué de su casa. No era la primera vez que me decía algo como eso. Salí azotando la puerta. Mi tía se asomó por la ventana. Le hice un gesto de saludo. La calle y la ciudad seguían vacías. Subí al Grand Marquis y me alejé de ahí. Olía al perfume de Joanna. Entré a un bar a llenarme la sangre de cocteles y regresé a mi departamento.
8
Tres semanas después descolgué el teléfono. Era un amigo escritor. Quería que le presentara un libro. Aunque tenía la costumbre de odiar las presentaciones de libros, necesitaba distraerme y dejar de pensar en Joanna. Llegó la tarde. Me puse un traje, arranqué el coche y salí.
Cuando faltaban cinco cuadras para llegar, escuché el rugido de un motor. En un parpadeo dos camionetas negras se me cerraron. “¡Carajo, no otra vez!”, pensé. De una de las camionetas se bajó un hombre rubio y robusto. Se acercó al Grand Marquis, abrió la puerta del copiloto y se subió. Era Rust. El semáforo de puso en verde y las camionetas arrancaron.
—Conduce —dijo Rust.
—¿Qué mierda pasa ahora? ¿Me estás persiguiendo?
—Me dijiste que me invitarías a una de tus presentaciones —dijo Rust—. Bueno… I´m here.
Rust encendió la radio. Un reportero auguraba que, de acuerdo a sus estadísticas, Donald Trump conseguiría más de los 270 votos que se necesitaban para ganar las elecciones presidenciales. Yo había formado parte de la campaña. Ahora sólo quería ser un escritor.
El sol en el horizonte bañaba la tarde con tonos naranjas. De pronto Rust dijo:
—Es buena tarde. El sol pega en la cara como un poema.
—Qué mierda, ¿ahora te volviste poeta, Rust? —dije.
Llegamos a la presentación. El salón estaba lleno. Alrededor había una variedad de perfumes. Todos se metieron por mi nariz. Mi colega escritor se encontraba sentado detrás de la mesa. Llegué a la mesa, nos dimos un abrazo y me senté, preparado para mi discurso. Rust se sentó en la fila de adelante. Lo hizo como en cámara lenta. Después noté que había empezado a cruzar palabras con la mujer rubia que estaba a su lado. Era Ivanka Trump. Nunca me ponía nervioso en las presentaciones, pero ella acababa de ponerme nervioso. Murmuraba con Rust sin quitarme los ojos de encima. Seguramente había venido para pedirme que escribiera su autobiografía. “Nuestra aventura apenas comienza, cariño”, pensé. Mi colega en ese momento ya no importaba; mis palabras estarían dirigidas a ella. Tomé el micrófono y dije:
—No sé si lo sabían, pero las palabras de un libro, el sol de una tarde y el rostro de una mujer guapa tienen un parecido: saben golpear a la cara como un poema.
—No sé si lo sabían, pero las palabras de un libro, el sol de una tarde y el rostro de una mujer guapa tienen un parecido: saben golpear a la cara como un poema.
Marvin Romero. Los Ángeles, 1982. Es un escritor Mexico-Americano, nacido en Ciudad de México, radica desde hace quince años en Los Ángeles, California.