Por Justo Navarro
A Baroja no le gustaba Proust.
Le parecía trivial, local, cursi y muy pesado. No le veía porvenir.
«Últimamente, en París, ese autor estaba en la curva descendente, y entre los
escritores franceses había muchos que lo tomaban a broma», escribía Baroja en los
años cuarenta del pasado siglo. Y contaba una anécdota: una señora, en París
precisamente, acusó a Baroja de vaguedad, de perderse siguiendo a demasiados
personajes. Baroja, según sus recuerdos, contestó: «A mí me parece también muy
vago y muy poco interesante un libro que le interesaba a usted de Proust». No
entendía el multitudinario interés por «un personaje que, al meter una
magdalena en el café con leche, recuerda hechos pasados interminables». Después
de reconocer que ningún bollo le ha producido «esas reacciones de palimpsesto»,
Baroja expresaba su incomprensión ante el hecho de que los lectores de Proust,
«todos al parecer gente distinguida, acepten que uno de los suyos moje el bollo
o la magdalena en el café».
Además de insoportable, Proust
era un maleducado.